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Pobre de los pobres pobres

Todos los días, con puntualidad de misa, el timbre suena de manera alarmante, fuerte como nunca, son ellos, los pobres, vienen a pedir una cosita… lo que tenga… pero es todos los días, a las tres de la tarde, con puntualidad de misa.- Hoy mi cansancio burgués me ha jugado una mala pasada, me dormí en mi cómodo sillón, frente a mi televisor de veintitantas pulgadas, con mi control remoto en las manos. El timbre me altera, me crispa, ensayo entonces un discurso firme pero amable, en el corto trayecto que separa mi cómodo sillón y la puerta. “No vengan a las siesta y no vengan todos los días, no podemos darles todos los días…”
Antes de llegar a la puerta el timbre vuelve a sonar, pero esta vez más fuerte… corro hacia la puerta… abro… y cuando quiero empezar mi discurso, Raquel hamacando en su cintura al más chiquito de los nueve, me hace seña con su mano que espere, justo sonó su injusto celular y está atendiendo. Otro de los tres que trajo, se apoyan al costado de la puerta y me miran como si miraran el sol, con los ojos entrecerrados, ella sigue hablando… yo no se por qué la espero, tengo en boca mi discurso. Mientras tanto, los miro, creo que por primera vez, los miro, ella debe tener veintitantos, la más grande creo que tiene doce y el más chiquito no llega al año. El que mira el sol tose constantemente, el otro juega con su dedo salido de la zapatilla con las hojas del geranio. Raquel sigue hablando. Le pregunto al que mira el sol… “porque tocas tanto el timbre”… “Me gusta como suena”, “nosotros no tenemos timbre”. Deje la puerta abierta y me fui a la cocina a buscar manzanas y mandarinas, un poco de azúcar y unas galletitas. Me los recibió el de las zapatillas rotas que le gustan los geranios. Raquel, que seguía hablando, me despidió con la mano. Mientras cerraba la puerta, murmuré “Hasta mañana”.-

Rodolfo Maraga